viernes, 7 de octubre de 2011

Capitulo 13

Aquellos valles se veían hermosos, Michael me seguía hablando sobre su propiedad.
Luego de unos cuantos kilómetros, en frente de nosotros había un enorme portón, cruzados con unas delicadas letras que decían “Neverland”.

Me quedé atónita observando eso, Michael me miraba con una enorme sonrisa y una vez que se abrieron las enormes puertas le pidió al chofer detener el auto para nosotros bajar y caminar.

-          Bienvenida a Neverland –me dijo con una sonrisa y abriendo los brazos-

El aire era delicioso, el viento batía mi cabello de un lado a otro, el olor de aquel lugar era único, sentía como si hubiera magia ahí, de verdad eso era Neverland.

-          Mike, esto es único, es… Fantástico –le dije mirando todo el lugar-

Caminábamos por una pasarela, observando todo el paisaje, el cielo estaba totalmente despejado, y los pájaros alegremente cantaban.

Había grandes y frondosos árboles, un césped insuperable, flores hermosas.
Ese lugar era él, en cada espacio se sentía que Neverland era Michael, él estaba en cada árbol, en cada flor, vivía ahí, en cada centímetro de césped, en cada ráfaga de viento. En lo que yo había visto, eso era lo más parecido al paraíso.

Seguíamos caminando y Michael mostrándome a los lados cada árbol, y cada flor, además de unas pequeñas figuras de niños jugando, a unos cuantos metros más allá se veía la entrada principal de la casa.

-          Entremos a la casa, quiero que conozcas a alguien -me dijo tomándome de la mano y deleitándome con una de sus particulares sonrisas-

Me invitó a pasar, la casa estaba divinamente decorada, pasamos por unos pasillos, y me llevo a la cocina. La cocina tenía un estilo rustico y todo muy bien organizado, divida por un mesón con unas sillas altas a su alrededor.

Michael se acercó a una mujer que estaba ahí, ocupada en algunos alimentos, y ni siquiera se percató de que nosotros estábamos detrás de ella.

-          Clarisse –dijo Michael mientras se dirigía hacia ella, dejándome a mí parada un poco más atrás-

-          Michael, cariño, que bueno que has llegado –le respondió ella, y luego de dirigirle una sonrisa maternal, desvió su mirada hacia mí-


Ella era una mujer de piel blanca, con unos ojos hermosos. Tenía un aura de dulzura casi palpable, de un poco más de cincuenta años, años que se reflejaban en sus líneas de expresión. Llevaba puesto debajo de un delantal blanco un vestido sencillo color crema.

En la mirada y sonrisa que me dirigió se reflejó la gentileza de su ser, la ternura con la que me miró, era como la que una madre le envía a su pequeña al decirle te quiero.


Me sentí tan querida solo con ese gesto, que se me hizo imposible no recordar a mi Nana Cindy. Ella se acerco hasta nosotros dejando atrás sin preocupación lo que estaba haciendo.

-          Clarisse –le dijo Michael- ella es Alisha

-          Es un placer conocerla –le dije estirando mi mano hacia ella- Señora Clarisse  

-          Linda, es placer es todo mío –se acercó ignorando mi mano y envolviéndome en un cálido abrazo- Estaba ansiosa por conocerte –dijo al separarse de mi- Michael estuvo ayer hablándome de ti en toda la cena.

Yo solo sonreí y miré a Michael que estaba ruborizado hasta los huesos, con la mirada clavada en un punto de aquel embaldosado.

-          Michael, creo que es más linda de lo que me habías dicho –continuó diciendo Clarisse, en un inocente y dulce tono de voz- Sí, si lo es –dijo observando atenta mi cara.

-          Oh! Por favor –dije bajando la cabeza, ruborizada por completa ante el escudriño de su mirada- no es para tanto.

-          Dentro de poco estará lista la comida –le refirió a Michael, volviendo a su labor-

-          Gracias Clarisse, por ahora voy a mostrarle la casa a Alis –me tomó de la mano, y solo me dio tiempo de dirigirle a Clarisse una sonrisa, antes de desaparecer de la cocina.

Andábamos por uno de los pasillos, hasta entrar a una sala en donde había unos muebles forrados de un cuero marrón, detrás del cual había en una mesa una réplica del barco del Capitán Garfio, había muchos cuadros colgados en las paredes.
Michael me mostraba atentamente todo los objetos que tenía ahí, jarrones, pequeñas figuras, fotos de su familia, entre muchas cosas más.

Pasamos por un salón en los que había dos grandes sillones,  de un lado una gran ventana que permitía ver hacia un costado del jardín,  un poco más allá pasando unos cuantos escalones, estaba un salón parecido a una biblioteca, en donde había una gran cantidad de libros.

Unos cuantos metros más allá, estaba una puerta que conducía a otra sala decorada con unos muebles en tono marfil, y de un lado estaba una escalera, que daba al otro piso.

-          Subiendo estas escaleras –me dijo señalándolas- llegamos al segundo piso, en donde están las habitaciones.

-          Tu casa es bastante grande Mike –le dije mirando todo nuestro alrededor, de un lado me llamó la atención un salón en el que no habíamos entrados- Mike ¿Qué hay en ese salón?

-          Ven te mostraré –dijo halándome hacía allá- Este es el lugar de la casa en la que paso mayor tiempo.

Esa habitación tenía un par de muebles y en frente de estos una chimenea, un buró sobre el cual había varios retratos y encima de la alfombra unos cuantos cojines.
Una gran ventana con un marco bastante amplio, en el cual estaban colocados otros cojines.

-          Desde aquí veo el cielo –susurró Michael detrás de mí- el paisaje desde aquí se ve hermoso, ¿No crees? –yo sólo asentí, deslumbrada por aquel paisaje en tonalidades verdes-

-          Sí Mike –dije en un suspiro- Se ve hermoso

-          Creo que este salón, tiene una vista espectacular –dijo apoyándose del quicio de la ventana-

Disfrutábamos de un silencio, solo se escuchaban nuestros suspiros,  aquella habitación tenía como magia.
Una voz femenina sonando más allá, nos hizo sobresaltar.

-          La comida está servida –dijo Clarisse con una sonrisa apoyándose en el umbral de la puerta- sería bueno que vinieran ahora.

-          Claro, ya vamos –le respondió Michael con una sonrisa- Ven Alis vamos, aun nos quedan muchas cosas por hacer, y las horas se están pasando rapidísimo.

La tarde transcurría, mientras nosotros alegremente caminábamos entre aquellos frondosos árboles, Michael hablándome de aquella fastuosa propiedad.

-           Mike, en donde están los animales de los que me has habado –le pregunté curiosa-  quiero verlos.


-          Creo que eso tendrá que esperar –me dijo mientras nos sentábamos al pie de un árbol- Hoy no podrás verlos.

-          ¿Por qué? –él sonrió ante mi expresión de muchacha desilusionada-

-          Porque ellos merecen un cuidado médico –dijo mientras acomodaba unos rizos debajo de su sombrero- Y hoy los están atendiendo. Pero te prometo que mañana los verás

-          ¿Mañana? –pregunté incrédula, y  él sólo asintió- ¿Vendré mañana?

-          Sí, pasarás este fin de semana conmigo –me dijo tímido con una sonrisa-

-          Si me lo pides así, creo que no tengo otra opción –en ese momento estallaron un par de risas-

-          ¿Has tenido mascotas? –me preguntó Michael-

-          No Mike, mis padres nunca me dejaron tener una, aunque siempre quise tener un perro –le dije mientras miraba al frente, a unos cuantos metros de nosotros, un extenso y hermoso lago, que me hizo recordar el día aquel que Michael y yo lo pasamos juntos-

-          Recuerdo que cuando era pequeño tenia de mascota una rata –me dijo con una sonrisa y recordando algún hecho-  Alis, disculpa la pregunta y si no quieres no me contestes, pero ¿Cómo fue tu infancia? –él bajó la mirada por mi asombro ante esa pregunta, su expresión era de avergonzado y en ese instante odié mi incontrolable manera de reaccionar- Olvida mi pregunta, por favor –continuó diciéndome-

-          Mike, quiero contarte sobre mi… pasado –le susurré en un arranque de sinceridad-

-          No es necesario Alis

-          Quiero contártelo Mike –le dije llena de sinceridad- Nací en Inglaterra, pero mis padres son de aquí de L.A. –comencé a contarle mientras el tímidamente levantaba la mirada para ponerme atención-

-          Mi padre una vez me dijo que regresaron a L.A. cuando yo tenía dos años. Mi madre era modelo y él tenía el puesto de Vicepresidente en una empresa de la familia –continué diciéndole, suspirando recordando todo aquello y tomado fuerzas para seguir contándole- La casa en donde pasé mi niñez era hermosa, con un jardín inmenso, tenia centenares de muñecas y muchas otras cosas. ¿Pero de qué me servía todo aquello? –dije con una halo de ironía- No podía correr en el jardín descalza, no podía salta en los charcos al terminar de llover. Me recostaba en la ventana de mi habitación cuando llovía y veía como los niños de las otras casas se divertían en la lluvia, saltaban en los charcos despreocupadamente, simplemente disfrutaban de ser niños, sin ninguna otra preocupación. – mi ceño estaba fruncido y mis manos acariciando el fino césped, no miraba a Michael porque estaba segura de que si lo hacía estallaría en llanto, y no era eso lo que yo quería, ya  no quería llorar más-  No recuerdo mucho, pero creo que como a los 5 años mi madre le había encargado a alguien que me diera lecciones de piano, recuerdo que cuando aprendí a tocarlo se convirtió en mi único amigo, me perdía en él, era lo único que me ayudaba a escapar, aunque fuese en mi mente, de toda aquella realidad –Michael sólo me escuchaba atento-  Cuando tenía ocho años, mis padres se divorciaron, pero eso es otra historia. Quedaría así como mi niñez, parte dos –le dije eso ultimo con un toque de gracia, porque en realidad esa era la parte de mi vida que quería borrar, la más dolorosa quizás, y esa parte no estaba del todo terminada- Que te la contaré luego –le dije mirándolo con una sonrisa, para que no pareciera tan trágica-                                                                                                                                                                                                              
-          Entonces sabes tocar piano –me dijo asombrado- me encantaría escucharte alguna vez

-          Alguna vez me escucharás, te lo prometo –le dije con una sonrisa levantando mi mano derecha-

La tarde iba llegando su fin, mientras se acercaba la noche solo mirábamos las finas nubes de color anaranjado y rosado decorando el cielo, estaba el sol escondiéndose detrás de unos árboles, despidiéndose lentamente.

Los grillos empezaban su concierto a la noche y poco a poco fueron apareciendo las estrellas.

Nos acostamos en el césped viendo el cielo, juntando estrellas y formando figuras, aquello era completamente mágico.

Clarisse nos llamó y nos pidió que entráramos a cenar. Estuvimos con ella en la cocina durante un largo tiempo, hablado de gustos, comidas, bebidas. Michael le habló de mi destreza en la cocina, e hizo comprometerme en prepararles una comida algún día.

-          No te he mostrado aún el cuarto de juegos. Pero que despistado soy –dijo travieso posando una mano en su frente-

Antes que yo pudiera decir cualquier cosa, ya íbamos entrando a una sala con una infinidad de juego.

La expresión de alegría que tenía él al entrar ahí era única e indescriptible.
Me llevó hasta una maquina de PinBall y me propuso jugar, y que sólo por esa vez seria sin compromisos, sin retos para el perdedor.

Reíamos sin parar, aquello era realmente divertido, y por supuesto que ganó el. Se autoproclamo el Rey del PinBall, era notorio que pasaba bastante tiempo ahí.


-          Esto no es justo Michael –refuté- Hacías trampas, me estabas haciendo reír para desconcentrarme.

-          Eso no es cierto –dijo hecho nada en carcajadas- Acepta que soy el Rey del PinBall.

-          El Rey de las Trampas querrás decir –le señalé, riéndome a carcajadas por su expresión-

-          También me hiciste trampas –me dijo mientras no acercábamos a la cocina para buscar algo de tomar, estábamos secos de tanto reír- Acepta que perdiste –dijo ofreciéndome un vaso de jugo-

-          Quiero la revancha –le dije antes de darle un sorbo a mi jugo-

-          ¿Para qué?, Nunca podrás ganarme –dijo alzando las cejas en un gesto obvio-

-          Que egocéntrico eres –le dije al terminar mi vaso de jugo, recostada en el mesón de la cocina-

-          No soy egocéntrico –me refutó- Solo soy un excelente jugador.

Estallamos en risa nuevamente, carcajadas que resonaban en toda la sala.
Seguimos hablando de todo, hasta que apareció Clarisse y nos ofreció unas galletas, ella se fue a terminar algunas cosas que tenía que hacer; Michael y yo nos dirigimos al vestíbulo a continuar platicando, pero las horas no estaban de nuestro lado.

Notamos que eran ya las nueve y media de la noche, y pronto tenía que irme.

-          Mañana pasaré por ti temprano –me dijo entusiasmado-

-          Ok… Te esperé. ¿Me buscarás tú?

-          Claro que sí. No enviaré a alguien por ti.

-          Entonces creo que ya es hora de irme –dije en un suspiro-

-          Está bien, te llevaré a tu casa.

Recogí mis cosas, y partimos con el chofer a mi casa. En el camino, Michael me decía que había sido un día fantástico. Yo por supuesto le di las gracias por tan maravilloso día.
Luego de un tiempo llegamos a mi casa, Michael me acompaño hasta la puerta de mi apartamento.

-          Hasta mañana –le dije con una sonrisa-

-          Hasta mañana –me dijo esbozando una deslumbrante sonrisa, y se acerco depositando un beso en mi mejilla, y dándome un tierno abrazo- Descansa

-          Igualmente Mike, ¡Linda noche!

Se despidió de mí moviendo la mano, me quedé ahí parada viendo como su sonrisa desaparecía detrás de las puertas del asesor.

Esa noche salí al balcón entradas las once, agradecí a Dios mirando la luna por haberme dado la oportunidad de haber tenido ese día, nunca me cansaría de dar gracias al cielo por premiarme con la amistad de un ángel, por haber puesto a Michael en mi camino.

sábado, 1 de octubre de 2011

Capitulo 12

La mañana llego muy rápido, o eso era lo que yo sentía ya que me había logrado dormir a las tres de la madrugada y cuando apenas pude abrir los ojos y mirar el reloj colocado en una pequeña mesa al lado de mi cama divise que eran las 8 de la mañana.

 Estaba sentada en mi sofá, analizando un libro de uno de mis artistas favoritos, lo consideraba como uno de los más grandes y entre los bueno el mejor, autor de esas obras que tanto me gustaban, ese gran pintor, Miguel Ángel.

Después de un cierto tiempo de estar sentada ahí, sonó mi teléfono.

-          Hola, buenas tardes –dije muy cordialmente-

-          Hola, buenas tardes. ¿Alisha McWhite? –me respondieron-

-          Si soy yo, ¿Quién es? –le pregunte, pues su voz no la conocía, parecía la voz de muchacho joven-

-          Soy Alexander, un amigo de Michael –me quede callada un momento, dudosa ante la situación- él me pidió que te llamara –continuó diciéndome- el está ocupado y me pidió que te llamara, para decirte que mañana pasará por ti, para llevarte a un lugar, no me dijo a donde.

-          Entiendo Alexander, pero me gustaría que le dijeras a Michael que cuando pueda me llame –le pedí- necesito hablar antes con él.

-          Claro señorita –respondió amablemente- con mucho gusto. Adiós

-          Muchas gracias, Adiós

Me quede pensando en que pretendería Michael, a donde me quería llevar. Sentada en el balcón sin más que hacer ví pasar la tarde, ví como se acurrucaban las palomas en las ramas de los grandes árboles, como se congestionaba la cuidad al termino de las seis de la tarde.

Veía como se oscurecía poco a poco el cielo, y empezaban a titilar las primeras estrellas, la luna otra vez tan resplandeciente como las noches anteriores, que al acercarse las nueve de las noche su sutil luz se colaba hacia mi habitación.
Todo eso era rutina, ya no podía irme a dormir sin antes mirar al cielo, a la luna y las estrellas.

Esa noche un poco antes de las diez, Michael me llamó, estuvimos hablando de cómo había estado su día, y le pregunte cosas sobre la llamada que me había hecho el joven a petición de él.

-          Es que quiero que conozcas Neverland –me dijo tímidamente, podía saber que estaba sonrojado, por su timbre de voz-

-         ¿Neverland? ¿Tu hogar? –dije sorprendida-

-          Si –dijo en una risilla- quiero que vengas. Claro, si tú quieres.

-          Michael, claro que quiero -dije emocionada- me encantaría

-          Genial, entonces paso por ti mañana –supuse que tenía esbozada una sonrisa, por la forma de hablarme- en la mañana, ¿Te parece?

-          Me parece perfecto –le dije con una sonrisa de niña en noche buena-

Seguimos hablado por un rato más, estuvo contándome sobre Neverland, sus animales y lo decía con tanta emoción, que yo no aguantaba ya las ganas de conocer su fantástico Neverland.

Estuvimos hablando hasta que escuché un bostezo de Michael y le pedí que fuera a dormir porque seguramente estaba bastante cansado, el me dio la razón y cordialmente se despidió de mí.


Una luz dándome directo en los ojos me hizo abrirlos y a las vez fruncir el ceño, me di cuenta enseguida que había olvidado correr las cortinas la noche anterior, y la luz del sol entraba atrevidamente alumbrando toda la habitación. Me quite las sabanas y vi en el reloj que eran las siete de la mañana. Estirándome plácidamente en mi cama recordé que Michael vendría por mi temprano, así que decidí levantarme.

Estuve lista y fui a recoger la correspondencia que la dejaban todo los días a las siete en punto de la mañana en una casilla al lado de la puerta de mi departamento, en donde venia incluido siempre un paquete de periódicos que no me gustaba leer, porque eran esos de los que solo inventan cosas que les haga ganar dinero, pero como era un servicio del edificio, no había otra opción. Al recoger la correspondencia siempre hacia lo mismo, cogía el paquete de periódicos de inmediato y pasaba por la cocina a tirarlos en la papelera.

Me senté a desayunar mientras esperaba a Michael, ya eran las ocho y treinta de la mañana y Michael no había venido, supuse que llegaría a las nueve.
A los diez minutos alguien toco la puerta, pensé que era él, pero cuando abrí la puerta con una sonrisa muy confiada, mi sonrisa se esfumo, no era Michael.

Estaba en frente de mí un joven de aproximadamente 20 años, con el cabello marrón, de color de ojos hermosos y con una gran sonrisa.

-          Buenos días señorita –me dijo un poco incomodado ante mi escudriño, le miraba de esa forma porque sus ojos me recordaban a alguien, no sabía a quien  pero sus ojos se me hacían familiares, y pues era extraño porque era la primeras vez que yo veía a ese chico-

-          Buen día –le respondí mientras pestañeaba para sacudirme los recuerdos- ¿Qué desea?

-          ¿Eres Alisha McWhite? –preguntó- Soy Alexander –se presentó, por mi expresión de confundida-  Michael me envió a buscarte.

-          ¿Eres el chico que me llamó ayer?

-          Si, y vengo porque Michael me lo ha pedido.

-          ¿Podrías esperarme aquí un momento? –le pedí.

-          Si claro –respondió amablemente-

Corrí hacia el teléfono y marqué rápidamente el número  de Michael, me contesto y enseguida le pregunte si era cierto que había enviado a un chico a buscarme.

Seguramente se lo pregunte en un tono nervioso, porque se rio y me dijo que me tranquilizara, que lo había enviado porque estaba un poco ocupado, que ese chico era de confianza. Rápidamente me dijo que me fuera con Alexander, porque él me estaría esperando, pero antes de preguntarle que en donde estaba él, y para donde me llevaría Alexander, Michael cortó.

Recogí mis cosas, y sin ninguna otra alternativa, me dirigí a la puerta, el chico seguía ahí, esperándome y zarandeando unas llaves que traía.

-          Listo, podemos irnos –le dije mientras me giraba para cerrar la puerta-

-          Perfecto –respondió él aun con su sonrisa. ¿Acaso siempre andaba así? ¿Tan de buen humor? Me alegre de él, por lo menos alguien en este mundo siempre estaba feliz.

Subimos al auto y empezó a conducir. Después de un rato de estar conduciendo le pregunte a donde me llevaba.

-          Michael me dijo que te llevara al estudio de grabaciones, tenía que hacer varias cosas; esta mañana llego bastante temprano –continuó diciéndome- más temprano de lo normal, yo llegue después y entonces él me pidió que te buscara, yo conozco…

El continuó hablándome, pero no le preste mucha atención a lo que dijo después, pues hizo un gesto que recordé haberlo visto en otra persona, seguramente, porque a él nunca antes lo había visto.

-          Hey! –hizo un movimiento con la mano- ¿Y tu?

-          Perdón –pestañee antes un par de veces- Perdón ¿Qué me preguntaste?

-          -Él sonrió y me dijo- ¿Desde cuándo conoces a Michael?

-          Desde hace unos meses –no le pregunte desde cuando él lo conocía, porque seguramente él me lo había dicho y yo no le había prestado atención- ¿Eres de aquí? –se lo pregunte porque su acento era un poco diferente.

-          Nací aquí –me respondió- crecí en Brasil, mi madre dice que nos fuimos cuando yo tenía dos años, y vine hace cuatro años. ¿Has ido alguna vez a Brasil?

-          Recuerdo que fui una vez con mi padre, pero no recuerdo a que, estaba pequeña, tenía como unos siete años –le dije con una sonrisa- me encantaría ir. ¿Tu madre es de Brasil?

-          No, ella es de aquí, nos fuimos para Brasil, porque –su semblante cambió- por algunas cosas.

-          Ah! ¿nos falta mucho? –le dije para cambiar de tema, sentí que le incomodaba hablar se esos “motivos”-

-          No, ya casi llegamos –me dijo con una de sus sonrisas-

Seguimos hablando por unos cinco minutos o más, era un muchacho que me inspiraba confianza, aunque pareciera extraño en mí.

Entramos en un edificio enorme, me condujo hacia un ascensor y oprimió para llegar al piso cinco. Salimos y era un pasillo que parecía interminable, con muchísimas puertas, me dejaban sola ahí y sencillamente me perdería, me quedaría estática ante tantas puertas, si saber cual abrir.

Se dirigió con toda seguridad a una puerta, después de haber pasado unas 10, sacó unas llaves de su bolsillo y la abrió, me hizo un ademán en señal de que pasara yo primero.

Di unos cuatro pasos hacia adentro y me que paralizada  ante la mirada curiosa de un grupo de no más de siete personas, analicé cada rostro, cada mirada y cada ceño fruncido, hasta que llegue a una mirada tan pura y llena de brillo, a una sonrisa de ensueño y a unas mejillas bañadas de un delicioso rubor, ante esa solo persona olvide todo lo demás y no pude contener una gran sonrisa, Michael se acerco a mi dejando sin cuidado unos papeles sobre una mesa. Me abrazo tan tiernamente meciéndome consigo, que en ese momento cerré mis ojos y aspire su aroma, y enterré mi cabeza en su cuello odiando a mis mejillas por haberme delatado.

Me separe de él completamente ruborizada, con la mirada clavada en sus zapatos, para evitar verles la cara a todos los presentes que estaban tan sorprendidos con mi figura ahí, mirándose entre ellos y preguntándose con las miradas quien era yo y que hacia ahí, sin contar el abrazo que me dio Michael y lo sonrojada que estaba yo.

-          Alis que bueno que llegaste te estaba esperando –Dios que tono de voz tan tierno utilizo para decirme eso, ¿Por qué era tan tierno?, sentía que me iba a derretir si me volvía a hablar así-  ¿Todo estuvo bien Alex? –le preguntó sin dejar de mirarme-

-          Si Mike, todo estuvo bien –le entrego las llaves a Michael y se dirigió a las personas que estaban unos metros más allá de la puerta, en donde nosotros estábamos-

-          Alis ¿Te gustan mis zapatos? –dijo chistoso, ya que yo había clavado mi mirada en ellos, para no verlo o para que le no me viera tan sonrojada- ¿Por qué no me miras?

-          Tu zapatos están muy lindos –le dije en broma, respondiendo a su pregunta. Me armé de valor y fui levantando la vista hasta dar con sus ojos y sonrojarme otra vez cuando esbozo una hermosa sonrisa-

-          Ven te voy a presentar a unos compañeros de trabajo. Se deben de estar preguntando –dijo en voz bajita- quien eres.

Se lo negué, lo tome fuerte y nerviosa de la mano y se lo impedí, me pregunto porque no quería que lo hiciera, y yo solo le dije que no era necesario. Giro y les dijo a todos,

-          Señores, le presento a Alisha McWhite, una amiga –se giro con una gran sonrisa hacia mí, y le lancé una mirada cargada de “¿Por qué lo hiciste?” –

-          Hola, es un placer conocerlos –eso fue lo único que se me ocurrió decir, me ponían nerviosa sus miradas tan escudriñadoras, ellos solo respondieron con una sonrisa que a leguas se veía que eran falsas.

Michael me pidió amablemente que me sentara en uno de los sillones que estaban ahí mientras él terminaba algunas cosas.
Me quede observándolo, no podía evitar sonreír al verlo tan serio revisando y firmando papeles, veía también como eran de falsos esos abogados que estaban ahí con él, que falsos eran al sonreírle y al hablarle “amablemente” a Michael.

Recordaba aquella tarde cuando me dijo que no todas las personas que lo rodeaban eran buenas, y que él solo tenía compañeros de trabajo, nada más. Vaya, cuánta razón tenía Michael al decirme todo aquello.

Pasados unos diez minutos, todos ellos recogieron sus maletines forados de cuernos y luego de un apretón de manos con Michael se marcharon, ignorándome por completo, aunque eso no me importo.

Solo quedamos Michael, Alexander y yo. Ellos venían juntos y se acercaron hacia mí, supuse que nos íbamos así que me levante.

-          Alis, supongo que ya conoces a Alex –me dijo con una sonrisa, mientras se sentaba soltando un suspiro, acomodándose al agradable sofá.

-          Si Mike –le dije mientas me sentaba nuevamente- Eres un muchacho muy agradable –le dije a Alexander-

-          Gracias Alisha –me respondió con su particular sonrisa- Michael ya que no tengo más nada que hacer aquí, me voy. Los dejo solos –dijo haciéndole un gesto pícaro a Michael con sus cejas. Michael solo ladeó su cabeza y se ruborizo ante mi mirada-

-          Alis, es hora de irnos, se nos hace tarde –dijo mirando el reloj- si es tarde, son las nueve y media.

Michael llamó por teléfono a alguien y nos dirigimos hacia el estacionamiento privado, en donde había un auto color negro, y el chofer esperándonos.

Subimos y salimos de ahí, en el camino le pedí a Michael que me hablara de Neverland, íbamos alegremente conversando, riendo.

Las calles por las que pasábamos se veían un poco solas, y las casas eran divinamente hermosas y con jardines eternos, todo se veía magnífico.