La mañana llego muy rápido, o eso era lo que yo sentía ya que me había logrado dormir a las tres de la madrugada y cuando apenas pude abrir los ojos y mirar el reloj colocado en una pequeña mesa al lado de mi cama divise que eran las 8 de la mañana.
Estaba sentada en mi sofá, analizando un libro de uno de mis artistas favoritos, lo consideraba como uno de los más grandes y entre los bueno el mejor, autor de esas obras que tanto me gustaban, ese gran pintor, Miguel Ángel.
Después de un cierto tiempo de estar sentada ahí, sonó mi teléfono.
- Hola, buenas tardes –dije muy cordialmente-
- Hola, buenas tardes. ¿Alisha McWhite? –me respondieron-
- Si soy yo, ¿Quién es? –le pregunte, pues su voz no la conocía, parecía la voz de muchacho joven-
- Soy Alexander, un amigo de Michael –me quede callada un momento, dudosa ante la situación- él me pidió que te llamara –continuó diciéndome- el está ocupado y me pidió que te llamara, para decirte que mañana pasará por ti, para llevarte a un lugar, no me dijo a donde.
- Entiendo Alexander, pero me gustaría que le dijeras a Michael que cuando pueda me llame –le pedí- necesito hablar antes con él.
- Claro señorita –respondió amablemente- con mucho gusto. Adiós
- Muchas gracias, Adiós
Me quede pensando en que pretendería Michael, a donde me quería llevar. Sentada en el balcón sin más que hacer ví pasar la tarde, ví como se acurrucaban las palomas en las ramas de los grandes árboles, como se congestionaba la cuidad al termino de las seis de la tarde.
Veía como se oscurecía poco a poco el cielo, y empezaban a titilar las primeras estrellas, la luna otra vez tan resplandeciente como las noches anteriores, que al acercarse las nueve de las noche su sutil luz se colaba hacia mi habitación.
Todo eso era rutina, ya no podía irme a dormir sin antes mirar al cielo, a la luna y las estrellas.
Esa noche un poco antes de las diez, Michael me llamó, estuvimos hablando de cómo había estado su día, y le pregunte cosas sobre la llamada que me había hecho el joven a petición de él.
- Es que quiero que conozcas Neverland –me dijo tímidamente, podía saber que estaba sonrojado, por su timbre de voz-
- ¿Neverland? ¿Tu hogar? –dije sorprendida-
- Si –dijo en una risilla- quiero que vengas. Claro, si tú quieres.
- Michael, claro que quiero -dije emocionada- me encantaría
- Genial, entonces paso por ti mañana –supuse que tenía esbozada una sonrisa, por la forma de hablarme- en la mañana, ¿Te parece?
- Me parece perfecto –le dije con una sonrisa de niña en noche buena-
Seguimos hablado por un rato más, estuvo contándome sobre Neverland, sus animales y lo decía con tanta emoción, que yo no aguantaba ya las ganas de conocer su fantástico Neverland.
Estuvimos hablando hasta que escuché un bostezo de Michael y le pedí que fuera a dormir porque seguramente estaba bastante cansado, el me dio la razón y cordialmente se despidió de mí.
Una luz dándome directo en los ojos me hizo abrirlos y a las vez fruncir el ceño, me di cuenta enseguida que había olvidado correr las cortinas la noche anterior, y la luz del sol entraba atrevidamente alumbrando toda la habitación. Me quite las sabanas y vi en el reloj que eran las siete de la mañana. Estirándome plácidamente en mi cama recordé que Michael vendría por mi temprano, así que decidí levantarme.
Estuve lista y fui a recoger la correspondencia que la dejaban todo los días a las siete en punto de la mañana en una casilla al lado de la puerta de mi departamento, en donde venia incluido siempre un paquete de periódicos que no me gustaba leer, porque eran esos de los que solo inventan cosas que les haga ganar dinero, pero como era un servicio del edificio, no había otra opción. Al recoger la correspondencia siempre hacia lo mismo, cogía el paquete de periódicos de inmediato y pasaba por la cocina a tirarlos en la papelera.
Me senté a desayunar mientras esperaba a Michael, ya eran las ocho y treinta de la mañana y Michael no había venido, supuse que llegaría a las nueve.
A los diez minutos alguien toco la puerta, pensé que era él, pero cuando abrí la puerta con una sonrisa muy confiada, mi sonrisa se esfumo, no era Michael.
Estaba en frente de mí un joven de aproximadamente 20 años, con el cabello marrón, de color de ojos hermosos y con una gran sonrisa.
- Buenos días señorita –me dijo un poco incomodado ante mi escudriño, le miraba de esa forma porque sus ojos me recordaban a alguien, no sabía a quien pero sus ojos se me hacían familiares, y pues era extraño porque era la primeras vez que yo veía a ese chico-
- Buen día –le respondí mientras pestañeaba para sacudirme los recuerdos- ¿Qué desea?
- ¿Eres Alisha McWhite? –preguntó- Soy Alexander –se presentó, por mi expresión de confundida- Michael me envió a buscarte.
- ¿Eres el chico que me llamó ayer?
- Si, y vengo porque Michael me lo ha pedido.
- ¿Podrías esperarme aquí un momento? –le pedí.
- Si claro –respondió amablemente-
Corrí hacia el teléfono y marqué rápidamente el número de Michael, me contesto y enseguida le pregunte si era cierto que había enviado a un chico a buscarme.
Seguramente se lo pregunte en un tono nervioso, porque se rio y me dijo que me tranquilizara, que lo había enviado porque estaba un poco ocupado, que ese chico era de confianza. Rápidamente me dijo que me fuera con Alexander, porque él me estaría esperando, pero antes de preguntarle que en donde estaba él, y para donde me llevaría Alexander, Michael cortó.
Recogí mis cosas, y sin ninguna otra alternativa, me dirigí a la puerta, el chico seguía ahí, esperándome y zarandeando unas llaves que traía.
- Listo, podemos irnos –le dije mientras me giraba para cerrar la puerta-
- Perfecto –respondió él aun con su sonrisa. ¿Acaso siempre andaba así? ¿Tan de buen humor? Me alegre de él, por lo menos alguien en este mundo siempre estaba feliz.
Subimos al auto y empezó a conducir. Después de un rato de estar conduciendo le pregunte a donde me llevaba.
- Michael me dijo que te llevara al estudio de grabaciones, tenía que hacer varias cosas; esta mañana llego bastante temprano –continuó diciéndome- más temprano de lo normal, yo llegue después y entonces él me pidió que te buscara, yo conozco…
El continuó hablándome, pero no le preste mucha atención a lo que dijo después, pues hizo un gesto que recordé haberlo visto en otra persona, seguramente, porque a él nunca antes lo había visto.
- Hey! –hizo un movimiento con la mano- ¿Y tu?
- Perdón –pestañee antes un par de veces- Perdón ¿Qué me preguntaste?
- -Él sonrió y me dijo- ¿Desde cuándo conoces a Michael?
- Desde hace unos meses –no le pregunte desde cuando él lo conocía, porque seguramente él me lo había dicho y yo no le había prestado atención- ¿Eres de aquí? –se lo pregunte porque su acento era un poco diferente.
- Nací aquí –me respondió- crecí en Brasil, mi madre dice que nos fuimos cuando yo tenía dos años, y vine hace cuatro años. ¿Has ido alguna vez a Brasil?
- Recuerdo que fui una vez con mi padre, pero no recuerdo a que, estaba pequeña, tenía como unos siete años –le dije con una sonrisa- me encantaría ir. ¿Tu madre es de Brasil?
- No, ella es de aquí, nos fuimos para Brasil, porque –su semblante cambió- por algunas cosas.
- Ah! ¿nos falta mucho? –le dije para cambiar de tema, sentí que le incomodaba hablar se esos “motivos”-
- No, ya casi llegamos –me dijo con una de sus sonrisas-
Seguimos hablando por unos cinco minutos o más, era un muchacho que me inspiraba confianza, aunque pareciera extraño en mí.
Entramos en un edificio enorme, me condujo hacia un ascensor y oprimió para llegar al piso cinco. Salimos y era un pasillo que parecía interminable, con muchísimas puertas, me dejaban sola ahí y sencillamente me perdería, me quedaría estática ante tantas puertas, si saber cual abrir.
Se dirigió con toda seguridad a una puerta, después de haber pasado unas 10, sacó unas llaves de su bolsillo y la abrió, me hizo un ademán en señal de que pasara yo primero.
Di unos cuatro pasos hacia adentro y me que paralizada ante la mirada curiosa de un grupo de no más de siete personas, analicé cada rostro, cada mirada y cada ceño fruncido, hasta que llegue a una mirada tan pura y llena de brillo, a una sonrisa de ensueño y a unas mejillas bañadas de un delicioso rubor, ante esa solo persona olvide todo lo demás y no pude contener una gran sonrisa, Michael se acerco a mi dejando sin cuidado unos papeles sobre una mesa. Me abrazo tan tiernamente meciéndome consigo, que en ese momento cerré mis ojos y aspire su aroma, y enterré mi cabeza en su cuello odiando a mis mejillas por haberme delatado.
Me separe de él completamente ruborizada, con la mirada clavada en sus zapatos, para evitar verles la cara a todos los presentes que estaban tan sorprendidos con mi figura ahí, mirándose entre ellos y preguntándose con las miradas quien era yo y que hacia ahí, sin contar el abrazo que me dio Michael y lo sonrojada que estaba yo.
- Alis que bueno que llegaste te estaba esperando –Dios que tono de voz tan tierno utilizo para decirme eso, ¿Por qué era tan tierno?, sentía que me iba a derretir si me volvía a hablar así- ¿Todo estuvo bien Alex? –le preguntó sin dejar de mirarme-
- Si Mike, todo estuvo bien –le entrego las llaves a Michael y se dirigió a las personas que estaban unos metros más allá de la puerta, en donde nosotros estábamos-
- Alis ¿Te gustan mis zapatos? –dijo chistoso, ya que yo había clavado mi mirada en ellos, para no verlo o para que le no me viera tan sonrojada- ¿Por qué no me miras?
- Tu zapatos están muy lindos –le dije en broma, respondiendo a su pregunta. Me armé de valor y fui levantando la vista hasta dar con sus ojos y sonrojarme otra vez cuando esbozo una hermosa sonrisa-
- Ven te voy a presentar a unos compañeros de trabajo. Se deben de estar preguntando –dijo en voz bajita- quien eres.
Se lo negué, lo tome fuerte y nerviosa de la mano y se lo impedí, me pregunto porque no quería que lo hiciera, y yo solo le dije que no era necesario. Giro y les dijo a todos,
- Señores, le presento a Alisha McWhite, una amiga –se giro con una gran sonrisa hacia mí, y le lancé una mirada cargada de “¿Por qué lo hiciste?” –
- Hola, es un placer conocerlos –eso fue lo único que se me ocurrió decir, me ponían nerviosa sus miradas tan escudriñadoras, ellos solo respondieron con una sonrisa que a leguas se veía que eran falsas.
Michael me pidió amablemente que me sentara en uno de los sillones que estaban ahí mientras él terminaba algunas cosas.
Me quede observándolo, no podía evitar sonreír al verlo tan serio revisando y firmando papeles, veía también como eran de falsos esos abogados que estaban ahí con él, que falsos eran al sonreírle y al hablarle “amablemente” a Michael.
Recordaba aquella tarde cuando me dijo que no todas las personas que lo rodeaban eran buenas, y que él solo tenía compañeros de trabajo, nada más. Vaya, cuánta razón tenía Michael al decirme todo aquello.
Pasados unos diez minutos, todos ellos recogieron sus maletines forados de cuernos y luego de un apretón de manos con Michael se marcharon, ignorándome por completo, aunque eso no me importo.
Solo quedamos Michael, Alexander y yo. Ellos venían juntos y se acercaron hacia mí, supuse que nos íbamos así que me levante.
- Alis, supongo que ya conoces a Alex –me dijo con una sonrisa, mientras se sentaba soltando un suspiro, acomodándose al agradable sofá.
- Si Mike –le dije mientas me sentaba nuevamente- Eres un muchacho muy agradable –le dije a Alexander-
- Gracias Alisha –me respondió con su particular sonrisa- Michael ya que no tengo más nada que hacer aquí, me voy. Los dejo solos –dijo haciéndole un gesto pícaro a Michael con sus cejas. Michael solo ladeó su cabeza y se ruborizo ante mi mirada-
- Alis, es hora de irnos, se nos hace tarde –dijo mirando el reloj- si es tarde, son las nueve y media.
Michael llamó por teléfono a alguien y nos dirigimos hacia el estacionamiento privado, en donde había un auto color negro, y el chofer esperándonos.
Subimos y salimos de ahí, en el camino le pedí a Michael que me hablara de Neverland, íbamos alegremente conversando, riendo.
Las calles por las que pasábamos se veían un poco solas, y las casas eran divinamente hermosas y con jardines eternos, todo se veía magnífico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario